Micromegas volvía un viernes drogado como cualquier otro, ya
de noche, con la mirada cansada, perdida entre el asfalto y el cemento de las
calles. ¿Qué interés puede presentar la realidad cuando tus ojos están tan
rojos y achinados? En esos momentos la realidad queda aparte y lo que percibe
el cerebro a través de los sentidos ya no está preso de esta.
Caminaba tranquilo bajo la noche nuclear propia de las
ciudades, donde los transformadores eléctricos alimentan una luminosidad
perpetua que priva al hombre de la oscuridad, cuando de repente pudo ver a
través de la ventanilla de un coche como un pureta estaba con su tarjeta de
crédito preparando un buen rayote de coca; Micromegas se preguntó si la
conexión que existía entre este hombre y la vida se encontraba en ese medio que
en nada estaría taponando sus fosas nasales mientras él volvía ajeno a todo
dirección su casa, con una mezcla de sueño, frío y agotamiento, a lo que se
juntó la fatiga. Pensaba en su cama estando a tan solo unos metros de su portal
cuando las nauseas se convirtieron repentinamente en vomito. Todo se encontraba
en silencio. Ligeramente agachado con las manos apoyadas sobre sus vaqueros
echó todo lo que tenía en el estomago y cuando terminó tosió, se incorporo y
marchó lentamente hacia una placita pequeña de esas que pasan fácilmente
desapercibidas en el inmenso laberinto que son las ciudades a fumarse un paki.
Durmió bien. ¿Acaso esperabais que pasara algo más cabrones? Supongo que a
veces es simplemente eso lo que ofrece la vida.